Historia de los burdeles y la prostitución parte 1

Historia de Los Burdeles – Introducción

El burdel*, la casa de tono, el baño, el convento, el colegio de señoritas, la ca­sa de mala reputación, la casa de mala reputación, la casa del diablo, la casa atrevida, la casa de tolerancia, la mancebía, el prostíbu­lo, la casa de la alegría, la casa de putas, la casa de lenocinio, el lupanar, la casa del pla­cer, la casa de prostitución, el congal, la ca­sa de citas, el quilombo, la casa pública o la casa de mala vida son algunos de los muchos apelativos creados para referirse al mismo lugar. Cada uno de ellos incorpora la percep­ción más o menos benévola que ha merecido el burdel, según la época y el lugar. En cual­quier caso, el burdel es fiel reflejo de una insti­tución difícil de asimilar incluso por las men­tes más liberales.

Una perspectiva amable descubre el bur­del empleado durante décadas como medio tradicional para la iniciación de los jóvenes en los placeres de la carne, como espacio de reunión fraternal para hombres, como primer escenario para un teatro que no permitía a las mujeres de bien subir a escena, como re­fugio para artistas de toda clase y como pun­to de encuentro revolucionario para aquellos que planeaban un mundo a espaldas de la so­ciedad vigente. Por otro lado, existe también otra perspectiva del negocio, basada en la ex­plotación de la carne, que colinda de forma peligrosa con la ilegalidad y la amoralidad y que ha sido (y es) pasto de actuaciones des­aprensivas, que afectan a millones de inocen­tes en todo el mundo.

Sin caer en juicios morales, aquí se recoge la crónica de una institución que ha perdura­do desde hace miles de años, transformán­dose y revistiéndose de un estatus diferente en cada época para sobrevivir. No obstan­te, siempre ha mantenido una disposición condicionada al servicio que proporciona. G. L. Simmons, autor de Un lugar para el placer, afirma que, puesto que las inclinaciones sexuales del hombre son variadas, «el bur- dcl bien equipado debe incluir una cámara de tortura, un calabozo completo con suda­rios y ataúdes, un escenario para actuacio­nes teatrales, con abundancia de goma, látex, cuero, pieles y accesorios de nylon».

La historia de los burdeles no es la historia de la prostitución. El oficio más antiguo del mundo se ha practicado dentro y fuera de las paredes del prostíbulo. Obviamente, la cró­nica del sexo de pago sí corre paralela a la de estas pequeñas organizaciones cuasi empre­sariales, que nacieron en templos y que han proliferado bajo el amparo del poder (de cual­quier clase) y en los límites de la tolerancia so­cial. Sin embargo, los burdeles cuentan con una trayectoria propia, que apunta a tradicio­nes sociales, rarezas sociológicas e incluso a un código alternativo de valores éticos.

Un recorrido histórico por el burdel nos deja unas características definitorias:

  • Atienden a una (o varias) necesidades básicas humanas. Antiguamente, las meretrices de mayor alcurnia unían a sus habilidades sensuales el canto, la poesía y la interpretación de artes tan dispares como la caligrafía. Asimismo, ha habido burdeles famosos por su co­cina o por sus espectáculos.
  • Son cuna de la tolerancia y la compren­sión, y dan cabida a un amplio espectro de caprichos y fantasías, que rozan en ocasiones lo extraño. En el siglo xv, en Bolonia, se inauguró un prostíbulo con una curiosa especialidad: el sexo con los espíritus. No hay constancia de si las chi­cas hacían las veces de médium o bien si trabajaban poseídas por el espíritu de­seado por el cliente. Por lo general, las casas de la alegría han sido refugio de los descastados, solaz de la frustración sexual en contextos de moral represiva, confesionario de deseos alternativos a aquello que se considera «lo correcto» en la intimidad de cada alcoba.
  • Su arquitectura y diseño es fiel reflejo de las clases sociales a las que atienden. Se han creado burdeles en tiendas de campaña, templos, monasterios, barcos y palacetes, por citar algunos ejemplos frecuentes.
  • Fueron cuna de tendencias (la forma de vestir de algunas prostitutas famosas fue copiada incluso por mujeres de todas las clases sociales) y pioneros en parcelas co­mo la estimulación mediante afrodisía­cos o el consumo de drogas blandas.
  • Han influido directamente en la eco­nomía, la política, la ley, la cultura y la religión vigentes en cada una de las sociedades en las que se han asentado. Incluso hoy en día son objeto de debate en cuanto a su utilidad como sistema de control sobre las prostitutas, ya que la calle ha demostrado ser un espacio más conflictivo para estos menesteres.
  • Son pequeñas empresas con un estric­to código de conducta. En el burdel, las chicas (o chicos) son trabajadores o, en el peor de los casos, casi esclavos. La ac­tividad se lleva a cabo bajo unos pará­metros impuestos por el/la gerente, la popular madama en el caso femenino, y siguiendo unas rutinas de satisfacción del cliente. Hay una jerarquía de cargos, una obediencia a las normas de la casa, y, sobre todo, se impone un modelo de servicio según cada establecimiento. A lo largo de la historia, ha habido prostí­bulos regentados por familias enteras, modelos de negocio que han traspasado fronteras y emprendedoras que descu­brieron auténticas oportunidades.
Salón de la Rué des Moulins
Toulouse-Lautrec era aficionado a visitar y pintar burdeles, como este Salón de la rué des Moulins.

 

*O también academia de equitación, asilo de ancianas, baños públicos, cámara de comercio, casa abovedada, casa angélica, casa angulosa, casa caliente, casa de camas, casa deportiva, casa de diversión, casa galante, casa de mala nota, casa de muñecas, casa del pecado, casa rápida, casa de recibo, casa de trato, centro de amor disoluto, estación de servicio, fábrica de carne, fornicio, garito, harén, ¡aula de pájaros, madriguera, manfla, palacio del asno, palacio de hielo, ramería, salón de belleza, serrallo, tienda de mujeres, trampa de hombres, salón de masajes, balneario del placer, tienda en la que hay que llamar a la puerta, tugurio y zoológico.