casas de citas antiguas

Historia de los burdeles: De la Antigüedad al medievo 2ª Parte

La prostitución sagrada mantuvo su rei­nado durante siglos, ejercida tanto por las sacerdotisas como por las creyentes. Las meretrices del templo eran auténticas ex­ponentes de feminidad, recubiertas de per­fumes, aceites y maquillajes, además de ser grandes expertas en el uso de afrodisiacos tales como la raíz de mandrágora. Sin em­bargo, con el paso del tiempo, su papel fue perdiendo peso ante nuevas estructuras pa­triarcales, que otorgaban mayor relevancia a la institución del matrimonio.

El primer indicador de esta pérdida de peso fue la desaparición de las sacerdoti­sas de estos espacios sagrados. Incluso los templos dedicados a diosas femeninas pa­saron a ser administrados por sacerdotes masculinos. A continuación, el componen­te sexual de los rituales desapareció, aun­que no la demanda de sexo. Prueba de ello es que hasta 1926, en templos de la In­dia, las niñas entraban a partir de los cin­co años al servicio de un sacerdote, que las instruía en su posterior profesión co­mo meretrices.

Por su parte, los afanes imperialistas de los pueblos supusieron para muchos de ellos un aumento de mujeres de tribus con­quistadas, que se usaban como mercancía y cuyos beneficios acababan en las arcas de los templos reconvertidos en mercados de esclavas. De hecho, esta práctica se ex­tendió como la pólvora entre los egipcios y casi todas las civilizaciones de la Antigüe­dad. La prostitución ritual abandonó rápi­damente este cariz para convertirse en una lucrativa actividad a manos de un nuevo orden: el estatal.

Esta sacerdotisa griega de John William Godward es algo más que un objeto de deseo.

A LAS ÓRDENES DEL ESTADO

El templo de Afrodita de Porne en Corinto albergaba más de mil mujeres responsables di atender los apetitos de los marineros que ti i acaban en el segundo puerto más importante de Grecia. Los ingresos obtenidos de este enorme negocio servían de sostén a las tierras con Atenas. Aunque el templo tam­bién contaba con ingresos extraordinarios derivados de penitencias. En este sentido, en la ciudad, los creyentes festejaban el luto por la muerte de Adonis llorando, golpeándose y lamentándose públicamente. Tras este sonoro espectáculo del dolor, celebraban las exequias, simulaban al día siguiente que el dios bahía vuelto a la vida, lo enviaban al cielo y se afeitaban la cabeza. Las mujeres que se negaban a cortarse el pelo estaban obliga­das a pagar una penitencia, entregándose en un mercado del sexo. El escritor sirio Lucia­no de Samos describe este rito de prostitución que llevaba a las mujeres a ser ex­puestas durante todo un día. Al recinto sólo tenían acceso los extranjeros, que después pagaban por acostarse con la elegida. Todas las ganancias se entregaban a los adminis­tradores del templo de Afrodita.

Sin embargo, pronto serían los legisla­dores griegos y romanos los primeros en in­teresarse por la regulación y el control de las ganancias que se derivaban de la prosti­tución. Precisamente, al griego Solón (640- 558 a.C.) se debe el honor de haber crea­do el primer burdel municipal. Para ello, este dirigente confiscó una serie de edifi­cios con el fin de convertirlos en dicteria. Se trataba del primer diseño gubernamen­tal de zonas de tolerancia, sometidas a una implacable regulación. Así, las mujeres estaban obligadas a vestir una indumentaria especial para ser identificadas, no podían participar en servicios religiosos y habían de morar en estas casas, que lucían símbo­los fálicos pintados o tallados en madera en el exterior.

Estos primeros burdeles eran dirigidos por un funcionario público y tenían a su ser­vicio sobre todo a mujeres extranjeras reclu­tadas para ese fin. En los establecimientos se ofrecían masajes, baños y alimentos con fi­nes afrodisíacos, como, por ejemplo, testí­culos de asno salvaje. Asimismo, los locales eran un fiel reflejo de las diferentes clases sociales: los más lujosos estaban destinados obviamente, a las clases más elevadas mien­tras que los más sencillos se reservaban a las menos acomodadas.

Pronto Solón aceptó la apertura de nuevos dicteria por parte de todo ciudadano dispues­to a pagar el impuesto estatal (el pornikotelos), que gravaba el ejercicio de la prostitución. De modo que se establecieron tres clases je­rárquicas de profesionales, según la catego­ría del servicio. Por un lado, estaban las dicteriades, que atendían a las clases más bajas. Ellas formaban parte de las populares dicteria creadas por el dirigente griego, aunque con el tiempo se constituyeron como negocios inde­pendientes de la gestión estatal y tan sólo so­metidos al pago de la citada tasa.

Friné, una de las más célebres hetairas de la Antigua Grecia, expuesta ante el aerópago.

Las dicteriades se caracterizaban por sus tarifas asequibles para cualquiera y porque la mayoría de ellas eran analfabetas, puesto que sólo se instruían en las técnicas sexua­les. Estas trabajadoras del sexo salían a la calle luciendo una peluca amarilla o bien se teñían el cabello de este color para que se las distinguiera de las mujeres de fami­lia noble que solían llevar el pelo negro. Pa­ra atraer a sus clientes, las dicteriades ade­más empezaron a lucir atuendos de colores llamativos y colocarse postizos e incluso al­gunas paseaban con un pecho al descubier­to; una moda que llegaron a imitar las ciu­dadanas atenienses.

A continuación, se situaban las auletrides, reservadas a la clase media y especialis­tas en el arte de la música y la danza, cosa que las convertía en el elemento imprescindible de las numerosas fiestas y orgías. Por lo ge­neral, las auletrides eran mujeres procedentes de familias muy pobres que eran vendidas en su infancia a proxenetas y madamas, que las formaban en el arte de amar.

Por último, aparecían las betairae, o hetairas, una especie de prostitutas de lujo, que atendían a nobles, terratenientes, sena­dores y miembros de las castas religiosas.

Las betairae podrían considerarse el antece­dente de las actuales señoritas de compañía o escorts, puesto que combinaban belleza con inteligencia y una muy elevada educación.

Estas podían acudir a los eventos públicos acompañando a sus clientes. A diferencia de sus colegas de profesión, las betairae vestían con ropajes casi transparentes o gasas que dejaban entrever sus encantos. La populari­dad de algunas de ellas era enorme gracias a sus relaciones amorosas con personajes de­cisivos de la esfera política; en consecuencia, el poder de muchas de ellas resultaba asimis­mo clave en los designios del país.

Aunque no todas las hetairas eran igual de afortunadas, y, ante la falta del benefac­tor de turno que las mantuviera, acudían a las casas municipales en busca de ingresos regulares para sobrellevar las dificultades económicas. Aquí hacían valer su prestigio cobrando de forma extraordinaria grandes sumas de dinero por sus servicios.

En Salónica, foro de la antigua capital de Macedonia, se encontraba uno de los burdeles de la época grecorromana (siglo i a.C.) que mejor han perdurado hasta nues­tros días. La construcción fue descubierta en unas excavaciones en 1996 y constaba de una zona de baños y una casa de dos plantas donde se servía comida y se organizaban es­pectáculos eróticos. Los investigadores han conseguido reconstruir la incesante activi­dad de este local, donde se han hallado un gran número de lámparas de aceite (lo que indica que abría hasta tarde) y cientos de ob­jetos excepcionales de arcilla y cristal, así co­mo artefactos eróticos. Estos últimos tienen pintadas o grabadas toda clase de represen­taciones de relaciones sexuales,

Escena erótica entre un joven y una hetaira, de un recipiente del siglo V a.C. hallado en Italia.

El tesoro del burdel de Salónica inclu­ye también un consolador de arcilla, dos máscaras de arcilla verdirrojas y una copa de cristal en cuyo borde hay un relieve que representa a Fortuna, diosa de la fertilidad y caprichosa dispensadora de la buena y la mala suerte. De hecho, la presencia de estas reliquias, así como su ubicación en el centro de la ciudad, indica que se trataba en rea­lidad de una domus meretricius (casa de ninfas), en la que las mujeres eran respeta­das como compañeras. Estas profesionales del sexo de pago jugaban y bromeaban con sus clientes en actuaciones eróticas y, ade­más, sabían recitar poesía e interpretar co­media y tragedia.

Una hetaira sentada en una kliné junto a dos mujeres. En Grecia se las respetaba y admiraba.

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